Despierta al juego mental y revoluciona tu vínculo con la preocupación.

Todos hemos pasado por eso. Estás viviendo tu día habitual: yendo al trabajo, cenando con la familia o, tal vez, intentando conciliar el sueño. Y entonces, de la nada, te invade un pensamiento intrusivo.

El informe para tu jefe que tienes que entregar mañana. Los pensamientos empiezan a girar sin control. ¿Es lo que quiere? Parece un poco prolijo, ¿y si le parece demasiado largo?

El efecto dominó se pone en marcha. ¿Y si me enseña la puerta? Con la cita con el dentista a la vuelta de la esquina, no puedo permitirme perder mi trabajo.

¿Te suena familiar? Independientemente de los pensamientos o circunstancias concretas, el culpable es siempre el mismo: la preocupación.

La preocupación no es del todo mala: puede servir como señal de advertencia de posibles problemas que debemos abordar. Pero afrontémoslo, si la preocupación fuera sólo una consejera inofensiva, no estarías aquí buscando la forma de detenerla.

Para muchos, la preocupación es un inquilino inoportuno. No puedes desalojarla, no puedes regularla, y el mantra “deja de preocuparte” no sirve absolutamente para nada. Es una guerra inútil.

Pero hay una trampa. La preocupación no sigue exactamente las Reglas del Marqués de Queensberry. Este Resumen AstraEd desvela el astuto juego que la preocupación juega con tu mente, dándote el poder de redefinir tu estrategia y tu percepción.

Es hora de sumergirse: ¿Qué es este truco de la preocupación?

El astuto ciclo de la preocupación que alimenta más preocupación

Prueba esto: Predice el mañana. Si es un día laborable, tal vez empieces el día a tu hora habitual. Dirígete al trabajo. Con el infame tráfico, no es descartable un retraso: ya ha pasado por eso. O peor aún, un grave accidente de tráfico. Altamente improbable, pero no fuera de lo posible.

La cuestión es que navegamos por la vida asumiendo que podemos anticipar lo que está por venir. Lo más probable es que mañana sea otro día normal y corriente, como la mayoría de los días de tu vida. Una mente libre de preocupaciones lo sabe. Acoge la duda, la entretiene y la deja ir sin esfuerzo.

Pero cuando estás cautivo de una preocupación crónica, tu punto de vista cambia. Las incertidumbres futuras parecen amenazas inminentes.

Y la preocupación disfruta con ello. Cuando percibes la duda como una bomba de relojería, reaccionas de un modo que amplifica la preocupación. La alimentas.

Reflexiona sobre esto. ¿Cómo respondes cuando aparece la preocupación? ¿Ese aleteo inicial de duda? Al verlo como una amenaza, tu reflejo es aplastarlo. Esta lucha interna es un juego perdido.

Seamos sinceros, la preocupación tiene que ver con el futuro, con sucesos potenciales, por improbables que sean. Pero no tienes una bola de cristal para ver el futuro. Y demostrar que algo no va a ocurrir, por mucho que te esfuerces, es una tarea hercúlea. Para una mente preocupada, cuanto más te esfuerces y te quedes corto, ¡más pruebas se acumulan de que podría ocurrir un desastre!

La lógica y los argumentos no hacen más que avivar el fuego. ¿Y la distracción?

¿Has intentado alguna vez no pensar en tu mascota de la infancia? Aunque el conejito Flopsy no se te haya pasado por la cabeza en años, es probable que ahora esté dando saltitos en tus pensamientos. ¿Distracción? No es tu mejor opción.

Es la astuta artimaña de la preocupación. La duda percibida como peligro, una reacción instintiva para extinguirla. Cuanto más te esfuerzas, más funciona el truco, y la preocupación aumenta.

Si tus intentos de sofocar algo sólo avivan las llamas, ya es hora de que te replantees tu estrategia. Olvídate de luchar contra la preocupación. En lugar de eso, trabaja en remodelar tu relación con ella.

Profundicemos en esta propuesta.

Domina tus reflejos y céntrate en transformar tu relación con la preocupación

En tu vida, estableces una relación distinta con tu preocupación, como con cualquier otra cosa: tu carrera, el alcohol o tu pareja. Esta relación puede ser saludable o perjudicial.

Para muchos, la preocupación no es más que otro elemento de la vida: va y viene, a veces ayudando a centrarse en un área problemática o simplemente reflejando un estado de ansiedad general. Es como una interacción ocasional con un vecino o un colega, ni más ni menos.

El verdadero problema reside en la preocupación crónica: constante, ineludible y paralizante. Esto es lo que necesita introspección y, en última instancia, transformación. Si te ahogas en un mar de preocupaciones, probablemente tengas una de estas dos relaciones con tu preocupación.

La primera es percibir la preocupación como una alarma válida y significativa. Te la tomas en serio, de ahí que busques formas de evitar el suceso temido, te asegures de que no se materializará o intentes escudarte si ocurre.

Aunque estas respuestas son instintivas, son esencialmente perjudiciales: la preocupación te está engañando para que empeores la situación. Discutir, esquivar, investigar o elaborar pequeños rituales para alejarla avalan su validez, desencadenando una escalada de la preocupación.

La segunda relación potencial con la preocupación surge cuando empiezas a preocuparte por tu preocupación excesiva. Puede que te des cuenta de la irracionalidad o debilidad de esta preocupación incesante, por lo que intentas abordarla de frente. Esto te lleva a distraerte o a intentar sofocar el pensamiento, recurriendo al alcohol, a la medicación o a comer para consolarte.

Como puedes suponer, ninguna de estas tácticas consigue mejorar tu relación con la preocupación. Estás intentando apagar un fuego con gasolina, precisamente lo que quiere la preocupación.

Lo que parece la solución lógica, aquí fracasa. Recuerda que tu reacción instintiva es engañosa, y para burlar el juego de la preocupación, tendrás que hacer exactamente lo contrario de lo que te dicta tu instinto.

El objetivo no es desterrar la preocupación. Se trata de cultivar una relación más sana y manejable con la preocupación, evitando que te engañe y permita que domine tu vida.

A estas alturas, espero que hayas identificado tu relación con la preocupación y reconocido que un problema poco convencional requiere una solución poco convencional.

Exploremos cómo podrían ser estas respuestas contraintuitivas.

Reconoce cómo tus preocupaciones anuncian su llegada a tu mente

¿Cuáles son las palabras favoritas de las preocupaciones? Si necesitas una pista, reproduce un par de preocupaciones en tu mente: ¿Y si pierdo el trabajo? ¿Y si caigo enfermo?

Bravo, has localizado la primera laguna en el juego de la preocupación. Estas dos palabras – “y si”- pueden ser tu primera arma para contrarrestar la preocupación. Puesto que las preocupaciones declaran su llegada de esta manera, puedes interceptarlas y comprender su verdadera intención.

Si la idea de enfrentarte a tus preocupaciones te llena de… bueno, preocupación, recuerda que ya hemos establecido que desatenderlas es ineficaz.

Para revolucionar tu relación con la preocupación, necesitas ir un paso por delante. Empecemos por diseccionar estas afirmaciones de preocupación. Empiezan con una cláusula “y si…”, seguida de la terrible posibilidad del día: llamémosla cláusula de catástrofe.

¿Qué implica realmente la cláusula “y si…”? Considera que estás pensando: “¿Y si tengo un accidente de coche?”. No es un pensamiento que surja cuando está ocurriendo realmente un accidente. No hay ningún “y si…” al respecto: se está desarrollando.

O imagina que estás conduciendo y te saltas un semáforo en rojo sin querer. En este momento podría producirse un accidente de coche, pero aún no estás pensando “¿Y si tengo un accidente de coche?”. Tus reflejos están al mando e intentas evitar el accidente.

Sólo te entretienes en el “y si…” cuando todo es normal. La cláusula “y si…” no es un escudo protector. Ni te salva ni evita nada. Simplemente significa “hagamos como si”. Finjamos que tengo un accidente de coche.

La cláusula catástrofe puede ser cualquier escenario hipotético, convirtiéndose en un juego de rellenar los espacios en blanco. Cuando pasas por alto la cláusula “y si…” y te centras en el desastre improbable que ocupa la cláusula de catástrofe, te quedas con una retahíla de preocupaciones aparentemente legítimas.

Tienes que entrenarte para detectar esta cláusula “y si…”. Coge un paquete de caramelos o caramelos de menta con una cantidad indicada en el envase. Un paquete de 60 Tic Tacs serviría.

Cada vez que notes un pensamiento “y si…”, consume uno de esos Tic Tacs. Esto te ayudará a contabilizar tus preocupaciones. Al cabo de una semana, serás mucho más experto en reconocer estos pensamientos, lo que te permitirá observarlos pasivamente.

¿El objetivo? Romperás el hábito nocivo de ignorar o distraerte automáticamente de tus preocupaciones. Cuando no te distraigas, podrás interceptar los “y si…” y empezar a percibirlos como el juego de “finjamos” que realmente son.

 

Convirtamos la preocupación en un número cómico

Imagínate esto: estás en una cena elegante y, por un golpe de mala suerte, te encuentras en un rincón junto al campeón de debate residente. Haces un comentario casual sobre el buen tiempo, y él argumenta que es horrible. Mencionas tu afición al baloncesto, él defiende firmemente el fútbol. Es tan agotador como poco apetecible.

Entonces, ¿cómo sortear este campo de minas verbal? ¿Entablar un duelo verbal? No, eso sólo es alimentar a la bestia argumentativa. ¿Ignorarle? Eso sólo aviva su fuego. ¿Recurrir a los puñetazos? Tentador, pero mantengamos la calma.

He aquí cómo manejar esta situación, que en realidad no es más que una elaborada alegoría de la preocupación: Síguele la corriente. Síguele el juego, asegúrale que tiene toda la razón. No hace falta que te tragues sus falacias, simplemente mantén la paz y saborea tu cena.

Piensa en la preocupación como en el molesto interrumpidor de tu actuación cómica. Incorpórala a tu rutina, y voilá, volverás a tener el control.

Esto puede parecer sencillo, pero ponerlo en práctica, sobre todo si llevas mucho tiempo en el ring de la lucha contra las preocupaciones, es todo un reto.

Una estrategia para empezar a bromear con tus preocupaciones es exagerarlas. Digamos que te preocupas: “¿Y si estropeo mi presentación mañana?”. Añade un “sí, y” ridículamente hiperbólico al final. “Sí, y entonces mis compañeros me echarán de la oficina entre carcajadas”. O “sí, y saldrá en los titulares del boletín de la empresa”. No estás desatendiendo tu preocupación, sólo ajustando tu respuesta a ella.

Te propongo un pequeño experimento. Escribe una de tus preocupaciones en toda su escalofriante gloria, en unas 25 palabras. Ahora, coge esos 25 Tic Tac que has estado acumulando para llevar la cuenta de tus preocupaciones.

Ponte delante de un espejo, lee en voz alta la preocupación y trágate un Tic Tac 25 veces. Toma nota de lo angustiosa que te parece la preocupación en la última repetición en comparación con la primera. Alerta: se vuelve menos intimidante.

Seguirle la corriente a tu preocupación te permite verla como lo que realmente es: un perturbador dudoso, no un matón peligroso.

Dicho esto, este método no es infalible ni siempre práctico, sobre todo en el caso de preocupaciones muy arraigadas. En la siguiente sección, recorreremos tres ejercicios diarios específicos para desarmar tu preocupación.

Tres prácticas diarias infalibles para blindar tu mente contra la preocupación

Al igual que las dolencias crónicas, la preocupación no viene con una opción de salida exprés. Es un juego de resiliencia. He aquí tres prácticas diarias que pueden reforzar tu inmunidad contra la preocupación. Considéralas como un suplemento diario o un régimen de entrenamiento.

En primer lugar, dedica algo de tiempo a tus preocupaciones. Al igual que un ejecutivo ocupado que tiene horas de oficina para su equipo, programa una cita para centrarte en tus preocupaciones. Fija esta ventana de preocupaciones en tu calendario.

Ya has visto que intentar suprimir las preocupaciones sólo las amplifica, así que deja que tengan su momento bajo el sol. No intentes resolverlas, retocarlas ni debatirlas: simplemente permítete preocuparte.

Hacer esto en voz alta mientras te miras al espejo puede ser muy eficaz. Claro que parece un poco tonto, pero visualizar y vocalizar tus preocupaciones proporciona una perspectiva más pragmática. También es un truco útil para aplazar tus preocupaciones a un momento menos inoportuno.

El segundo ritual diario contra las preocupaciones es un sencillo ejercicio de respiración. Sí, “respira hondo” suena trillado, pero créeme, funciona, si se hace correctamente. El secreto consiste en exhalar completamente antes de inhalar, lo que permite una respiración más profunda. Inspira lentamente por la nariz, aguanta la respiración y luego espira por la boca.

Si te cuesta acordarte de respirar conscientemente, utiliza señales familiares de tu entorno como recordatorio: el claxon de un coche o el sonido de un mensaje de texto, por ejemplo.

Por último, haz de la meditación de atención plena un hábito diario. Este proceso de observación silenciosa de tus pensamientos está de moda, y existen muchos recursos para iniciarte en él. Si eres principiante, ésta es tu primera lección:

Busca un lugar sereno e instálate cómodamente durante un par de minutos, sintonizando con tus pensamientos y sensaciones. Concéntrate suavemente en algo constante: normalmente es tu respiración, pero puede ser cualquier cosa, como el zumbido de un ventilador de techo.

Cuando tu concentración vacile -y lo hará-, no luches contra esos pensamientos que te distraen. Obsérvalos cuando aparezcan y, a continuación, vuelve a centrar tu atención suavemente en tu punto focal. Practica esto durante diez minutos al día, y notarás un aumento de la autoconciencia y de la paz con tus preocupaciones.

Incorpora estas tres prácticas a tu rutina diaria y pronto dominarás el arte de desinflar el poder de la preocupación y cultivar una relación más sana con ella.

La última palabra

Desgraciadamente, nuestras reacciones instintivas a la preocupación sirven para exacerbarla. La preocupación no es una némesis que debas combatir o eludir. La preocupación crónica que te mantiene dando vueltas en la cama por la noche o estropea tu tiempo en familia no es más que la preocupación jugando contigo a juegos mentales.

Al igual que un matador provoca a un toro con un capote vibrante, la preocupación te atrae con escenarios tentadores pero, en última instancia, vacuos de “qué pasaría si…”. Reconociendo esto, puedes engañar a la preocupación. Ríete de tus preocupaciones para restarles poder, o recurre a sencillos ejercicios de respiración o meditación para mantener el control.

Desterrar la preocupación es un esfuerzo inútil: tienes que fomentar una relación sana y manejable con ella. Sí, los problemas de la vida pueden ser abrumadores y las preocupaciones son parte integrante del paquete. Pero recuerda que no tienen por qué acaparar todo el protagonismo.